Silvina Batakis: “En 1989 había hiperinflación pero el desempleo no era tan alto; en 2001, un 21% de desempleo pero sin inflación. Hoy se da la combinación de ambas cosas”

Conversamos en la Dirección de la Carrera de Sociología con la exministra de Economía de la Provincia de Buenos Aires (2011-2015) acerca de la situación económica actual, de su gestión junto a Daniel Scioli y de las perspectivas para las próximas elecciones. Batakis, quien cuenta con amplia formación académica y experiencia en la administración pública, revela su interés por ser candidata para la gobernación al tiempo que advierte sobre el estado caótico actual de la provincia.

Estuviste a solo tres puntos de haber sido la ministra de Economía de la Nación si Daniel Scioli hubiera ganado las elecciones, ¿qué diagnóstico elaborás sobre el país que recibió Cambiemos, a lo que ellos denominan “la pesada herencia”?

Cuando Scioli me propuso ser ministra lo primero que recuerdo es que me dio vértigo. Es una tamaña responsabilidad administrar la cosa pública desde el punto de vista de la economía porque es uno de los tópicos que cruza absolutamente todo: desde la familia al territorio entero. Si uno piensa en las transiciones de gobierno, Alfonsín heredó un Estado preparado para matar, veníamos de una guerra que se había llevado muchísimos recursos y el Estado había achicado la estructura productiva terriblemente. En 1989, se dio el siguiente traspaso de gobierno con la hiperinflación. Después, ya en 1999 durante el gobierno de De la Rúa la convertibilidad daba síntomas muy claros de su agotamiento: la recesión y una de las tasas de desempleo más altas de la historia argentina. Y así sucesivamente hasta fines de 2001, con una de las crisis institucionales más graves, dejando de lado por supuesto a la dictadura cívico-militar.


El año 2015 era el mejor momento para ser ministro de Economía. De hecho fue una transición políticamente ordenada e institucionalmente muy sólida. En 2015 la economía daba muestras de crecimiento.


Porque habíamos pasado de una economía que en los años 90 generaba entre 2,5 y 3 millones de puestos de trabajo a una economía con 6 millones de puestos en el sector privado registrado. Se había duplicado la capacidad de generación de puestos de trabajo. Desde hacía dos años habíamos venido trabajando en un plan de gobierno en el nivel nacional porque Scioli tenía la expectativa de ser presidente. Y también porque había un ida y vuelta continuo entre la macroeconomía nacional y la economía provincial. Esto se había intensificado en el último tiempo. Nuestro plan de gobierno consistía en ampliar y fortalecer las áreas en donde había algún tipo de inconveniente desde el lado productivo. En la Argentina la cuestión de la demanda estaba muy bien resuelta. Habíamos creado tres millones de puestos de trabajo, el sistema de jubilaciones y pensiones con mayor cobertura de Latinoamérica, la Asignación Universal por Hijo y distintos programas que generaban ingresos a la población. Esto hacía que la Argentina no tuviese un problema de demanda. Desde el lado de la oferta, también se habían empezado a elaborar varios programas pero que habían tenido algunas dificultades para desarrollarse. Estábamos convencidos de que, por ejemplo, la inflación, el problema de cuello de botella que tenemos en la Argentina por los dólares, que es un tema recurrente, tiene que ver con una estructura productiva que siempre tuvo características desequilibradas, asimétricas, pero que de alguna forma ese era el momento exacto para comenzar a resolverlo estructuralmente. Y esa era la transición que nosotros imaginábamos: la posibilidad de que la Argentina estuviese en un sendero de desarrollo planificado. Ya habíamos hablado con los organismos multilaterales de crédito, no con el FMI, sino con el BID y la Corporación Andina de Fomento para llevar adelante un programa de desarrollo con equidad territorial, como habíamos hecho en la provincia, en el nivel nacional. Pensamos a la economía en el territorio para potenciar el desarrollo productivo en las distintas regiones de la Argentina.

En este punto el kirchnerismo también buscó la inversión privada para ir solucionando el problema estructural de la oferta. Pero el relato de Cambiemos dice que el kirchnerismo no generaba las condiciones para que esas inversiones vinieran. Sin embargo -y ahí, quizás, el gran fracaso de este gobierno-, en estas nuevas condiciones no hay ni lluvia de capitales ni brotes verdes. Ahora bien, ¿cuál es tu mirada sobre la responsabilidad del sector empresario argentino que mantiene gran parte de sus activos en el exterior cuando podría ser el motor de esa inversión?

La diferencia entre una teoría neoclásica acérrima y una más heterodoxa es que ellos creen que el rol del Estado está muy limitado y consideran que en esta limitación del Estado va a venir la lluvia de inversiones.
Pero la realidad es que eso no pasó en ninguno de los intentos neoliberales de la Argentina ni tampoco en otra parte del mundo. Lo que ocurre es que se deja mayor espacio para que la toma de ganancias sea más rápida y para favorecer la transferencia de recursos de un sector a otro. En este caso por supuesto que quien sale ganando es el sector financiero. Las condiciones para que llegaran las inversiones estaban empezando a darse en los años anteriores. Por otra parte quienes nos gobiernan, más que neoliberales, por ahí son conservadores: hay mayor representatividad del sector financiero. Por ejemplo, en la PBA el subsecretario de Finanzas fue el director del Deutsche Bank; Caputo, que fue presidente del Banco Central y ministro de Finanzas, antes había sido representante de un fondo de inversión de un banco internacional. Se le dio muchos más beneficios e injerencia al sector financiero que al sector industrial. En general, a los gobiernos neoclásicos, neoconservadores o neoliberales no les importa la industria. En la PBA, más allá del ministro actual, la ausencia fue quien tuvo mayor duración: durante nueve meses no hubo ministro de Industria. Y eso claramente pone de manifiesto que no hay interés por el sector industrial. En Nación también hay sobrada muestra de que no hay interés porque se terminó el crédito para el sector privado. Entonces, han venido capitales financieros pero nunca, nunca se le dio prioridad a la industria. Y para que el país genere puestos de trabajo necesitás a todos los sectores económicos. También que el sector agropecuario sea competitivo y productivo, que se modernice la industria y que la ciencia y la tecnología sean el vehículo entre todos los sectores económicos.
Cuando observás el producto bruto, su motor podría ser el aumento del consumo, del consumo público, de las exportaciones o de las inversiones. Nada de eso sucedió en estos años. Si no hay innovación es muy difícil que un país pueda salir adelante. Por ahí, desde nuestra mirada nacional y popular o desde el peronismo en particular a veces puede parecer que estamos enojados con el campo, pero lo cierto es que necesitamos que el sector agropecuario se vuelva más competitivo y más productivo. Y para eso hay que traccionar a los sectores industriales vinculados, como la maquinaria agrícola que lamentablemente hoy estamos importando. La Argentina supo ser exportadora de maquinaria agrícola pero hoy la importa. Además, sería muy ingenuo pensar que el campo no incorpora ciencia y tecnología. Cuando te exigen que el grano de trigo tenga determinado pH, color o cantidad de proteínas para su exportación a Alemania, China e Italia para hacer fideos secos, necesitás mucha ciencia y tecnología para dar con todas esas condiciones. Pero si lo que hacemos es importar la biotecnología, la generación de puestos de trabajo ocurre en China.

Seguramente muchos de esos cambios en la productividad se dieron en los doce años del kirchnerismo. Y para el campo, muchas de las posibilidades de ser más competitivo, también. Sin embargo, es un sector que estuvo peleado con el gobierno anterior, apoyando y festejando a Macri en un primer momento. ¿Pensás que es por una cuestión ideológica o solo de bolsillo por el tema de las retenciones?

Durante el kirchnerismo hubo una política estatal para el desarrollo científico-tecnológico vinculado con el campo. El INTA da cuenta de eso. Fue mucha la inversión del Estado para que el campo también pudiera apropiarse de esos elementos para una mayor competitividad. Pero sí, creo que hay alianzas estratégicas históricas y que estuvieron del lado de la oligarquía.


La campaña de Macri se proponía eliminar las retenciones. Esto significa para el productor agropecuario recibir en forma plena el tipo de cambio, entonces era lógico que votaran a este gobierno. Ahora bien, eso no deja de implicar una mirada muy miope a la que no le importa la desarticulación de toda la matriz social, lo cual termina afectando a todos. Igualmente ellos siempre tienen la posibilidad de irse del país, algo que suele suceder.

Hay un relato acerca del futuro cercano: diciembre de 2019, la escena de un país similar al que Alfonsín había recibido en 1983. Un país minado, endeudado, con caída del aparato productivo y aumento de la pobreza. ¿Cuánto de esto es la realidad que enfrentará el próximo gobierno?

El condicionamiento va a ser muy fuerte. Tanto para el gobierno de un partido como de otro, por el nivel de endeudamiento. Hubo un ingreso masivo de recursos como nunca había habido en la Argentina a través de los dólares financieros, pero eso no se tradujo en la expansión de la economía. Se achicaron el espacio productivo y el espacio fiscal. Esto es lo que va a heredar el próximo gobierno: un endeudamiento muy fuerte con obligaciones de pago también muy grandes, que son similares a los condicionamientos de pago de los primeros años de la década del 2000. Por eso la Argentina declaró el default: no tenía forma de generar esos dólares. El mejor año de balanza comercial, o sea, la diferencia entre lo que exportamos e importamos, fue 2006: 16 mil millones de dólares. Durante todos estos años, desde 2016 hasta ahora, se fugan 20 mil millones de dólares al año. La balanza comercial ha sido siempre negativa excepto ahora, que seguramente resulte positiva pero porque hay una recesión tremenda que hace que caigan las importaciones.


El FMI ya sabe que la Argentina va a tener que ir a una reestructuración de la deuda. No un default, que es algo muy malo: sería el país que por cuarta vez va a defaultear su deuda, lo cual no ha pasado nunca en el resto del mundo.


Pero yo creo que sí necesariamente hay que ir a una reestructuración, a diferencia de la crisis cuando asumió Alfonsín, porque entonces no teníamos ni tanta inflación ni tanto desempleo. No es comparable esta crisis económica con las anteriores. En 1989 había hiperinflación pero el desempleo no era tan alto; en el año 2001 había un 21% de desempleo pero sin inflación. Hoy se da la combinación de ambas cosas, en menor medida que aquellas expresiones, pero igualmente de manera muy fuerte las dos.

¿Cuáles son las medidas que tendría que tomar un gobierno peronista, además de reestructurar la deuda, como dijiste?

En el nivel nacional, rever toda la vinculación con el mundo, permitiendo también que ingresen capitales externos con alguna regulación, con un estacionamiento mínimo en el país. Por ejemplo, en Chile los capitales pueden ingresar pero tienen que quedarse por lo menos dos años en el país. Por otra parte, la administración del comercio. En el mundo los países desarrollados tienen una gran preocupación por cómo generar puestos de trabajo y además proteger los que ya tienen. Para eso protegen su industria, porque la automatización, la inteligencia artificial y la robotización ya están ocurriendo. Lo que hacen los países es elaborar medidas arancelarias y paraarancelarias. Estados Unidos es el país con mayor cantidad de medidas paraarancelarias del mundo, pero en la era Trump la novedad es que también se utilizan medidas arancelarias. Podés importar textiles, pero solo talles grandes y en colores específicos. También están las medidas fitosanitarias, o lo que hicieron con nuestro limón: nos compran, con muchas especificaciones, siempre y cuando les compremos el biocombustible, que tiene mayor elaboración.

¿Y cuáles serían las medidas para evitar la fuga de capitales?

La Argentina es un país singular, como lo expresó el Premio Nobel de Economía Simón Kuznets. Él decía que había cuatro modelos de desarrollo: los países desarrollados, los países en desarrollo, Japón y Argentina. Japón, un país destruido por la guerra con muy pocos recursos, que crecía continuamente. La Argentina como lo opuesto: el país que tenía todo por delante, con muchos recursos naturales, una población educada y un territorio extenso, dilapida su factor productivo, no crece y se empobrece. Como mencionábamos antes, la Argentina tiene una estructura productiva asimétrica, desigual. Hay una puja por la política de cambio.


En cualquier país del mundo se administra el tipo de cambio porque nadie quiere perder su reserva. Entonces, se resuelve de distintas formas, con instrumentos burocráticos como pudo haber sido en su momento lo que Clarín llamó el “cepo”, que era simplemente un límite a la compra de dólares. O como se está haciendo ahora con la tasa de interés y las bandas cambiarias que se establecieron con el FMI, replicando un modelo de política monetaria que ya se utilizó y fracasó en la región.


Durante nuestra convertibilidad, Brasil aplicó este sistema de bandas cambiarias mientras las fábricas se cerraban y el desempleo aumentaba. Aquello terminó en el 98 en una explosión con una devaluación tremenda, una hiperinflación muy fuerte y una tasa de desempleo enorme. Necesitamos una política fiscal para tener tipos de cambio diferenciales: no es lo mismo un productor de bienes finales que un importador o un turista que planea viajar al exterior. Con distintas medidas fiscales podés tener distintos tipos de cambio que representen esta estructura asimétrica considerando cuál es el objetivo, el proyecto de país. Hoy por hoy, con un tipo de cambio de 45 pesos por dólar, hay sectores contentos y otros que no lo están, sobre todo cuando el dólar futuro en diciembre estará llegando a los 58 o 59, o cuando el dólar futuro que se maneja en los Estados Unidos a doce meses está dando cuenta de 65 o 68.

¿Como ves la discusión respecto a implementar controles de precios? El gobierno no los instrumentó, ya sea solo por pruritos ideológicos, o bien por un cálculo más instrumental. Sin embargo, parece que se ve obligado a hacerlo.

Coincido con lo que Peña dijo en el Congreso: la regulación de precios no es algo que los represente ideológicamente. Si lo hacen, es un manotón de ahogado para tratar de que la inflación no se espiralice. Tenemos un primer trimestre con casi un 12% de inflación, lo que da un 54% en el año. Entonces, ¿cómo lográs que no se espiralice? La economía hoy no tiene tantos pesos dando vuelta por la tasa de interés alta, porque están en el plazo fijo o porque ya se fueron a dólares. No hay tantos pesos como para que se genere la locura que vivimos en el 89. Pero si no hacen algún tipo de control, puede haber una inflación mayor al 54% en el año, lo cual sería devastador. A principios de año se hablaba de un piso de aproximadamente 19 o 20%, eso fue subiendo hasta el último cálculo que hizo el FMI que lo llevó al 30, 35% pero elevando seis puntos la tasa de inflación anterior. Y las estimaciones privadas dan cuenta de un piso del 40% para este año. Algo tienen que hacer para que no pase. La economía está muy dolarizada y cualquier cambio en el precio del dólar va a hacer naturalmente que los precios aumenten.

¿Cómo van a impactar estos índices en el escenario electoral? Esto es, la inflación en el humor del electorado de octubre.

Hay mucha desazón y desmoralización en la población. Porque en ese 51% que votó a Macri había esperanza. De hecho, las elecciones de 2017 también marcaron esa necesidad de seguir creyendo. Y está bien que haya sido así porque necesitamos aferrarnos a algo que nos haga pensar que se puede estar mejor. Me parece que es una situación distinta y más madura a la que atravesamos en el año 2001. Muchos estamos esperando que llegue el 10 de diciembre para cambiar el gobierno nacional en las urnas. Esto es lo que vienen demostrando las elecciones que tuvimos hasta el día de hoy, en donde el partido oficialista perdió en las seis elecciones. Por distintos motivos, porque obviamente es muy difícil nacionalizar cada una de las elecciones provinciales. También creo que entre ese 51%, hay tres fragmentos distintos. Uno, hay un 30% que son básicamente antiperonistas, que están en contra de lo nacional y popular, una parte muy sólida que no va a cambiar. Y luego, hay dos mitades en esa diferencia que va del 30 al 51%. Una parte son las personas que quizás no se informan respecto de la política, que no les interesa y que están muy mal porque no se pusieron a pensar qué es lo que había detrás de Macri, en cada uno de los ministros, por ejemplo, pero que tuvieron la esperanza de que efectivamente iban a pagar menos ganancias y que todo lo que se había conquistado no iba a perderse. En este punto, la Argentina es un buen ejemplo en Latinoamérica para mostrar que efectivamente los derechos adquiridos pueden ir para atrás. Y la otra mitad, sí, sabiendo qué es lo que Macri ofrecía, lo votó por una alternancia de gobierno creyendo que la democracia se fortalecía. Muchas de esas personas también están defraudadas. Porque más que cambio de gobierno, lo que hubo fue un cambio de régimen. El descontento naturalmente se va a traducir en las urnas por todo lo que está sucediendo.

¿Cómo ves el arco político del sector opositor?

En la PBA venimos trabajando desde hace ya tres años en un Partido Justicialista que tenga la amplitud del diálogo para la construcción suficiente y así llegar. El pasado fin de semana todos los líderes políticos nos reunimos en un encuentro en Avellaneda. Esa construcción política es la que va a servir para efectivamente retomar el 10 de diciembre en la provincia y en el nivel nacional. Es lo que mostró también Entre Ríos. La unidad que allí se logró da cuenta de este más del 20% de diferencia con Cambiemos.

En una entrevista dijiste que te gustaría ser candidata a la gobernación. ¿Sos hoy una precandidata?

Conozco mucho a la provincia por haber sido ministra de Economía y, si bien no nací allí, me considero platense. Por mi función conocía todas sus problemáticas y también las de los municipios. Por otra parte vivo recorriéndola. Entre 2017 y 2018 debo haber dado dos vueltas a la provincia aproximadamente. Tengo mucho trato con los intendentes y también muchas propuestas.


A mí me encantaría ser gobernadora de la PBA. El peronismo cuenta con candidatos potentes: Axel, Magario, Insaurralde, Paco Durañona, Berni. Cada uno de nosotros tiene mucho para ofrecer y entre todos vamos a dar un diálogo para poder elegir al candidato que nos haga ganar.


Que este consenso sirva también como unidad en la gobernación.

¿Te parece posible ganarle a Vidal?

Sí, totalmente. Una persona que no puede caminar y que se ve repudiada por su pueblo incluso no tendría que presentarse. Son lamentables los episodios de ficción en esta cosa del timbreo, que ya obviamente tuvieron que decir que no lo van a hacer más. Los últimos que hicieron fue con vallas a cuatro manzanas a la redonda porque no podían caminar. Eso no es de un buen dirigente.

Hay una mirada que instaló la gobernación de Vidal acerca de lo desastrosa que había sido la gestión de Scioli. Pero no se vio una defensa desde el kirchnerismo o gran parte del peronismo. ¿Qué pensás de eso?

Respecto de la provincia quebrada, hay que decir que los de Cambiemos fueron muy inteligentes en el eslogan. En general la teoría neoclásica y el neoliberalismo son buenos por la sencillez con la que presentan los argumentos y esto fue parte de eso. Salimos a defendernos pero el bloqueo hegemónico a través de los medios fue tan fuerte que nadie se dio cuenta. Puede leerse en nuestros tuits, aunque no había forma de que nos levantasen alguna declaración para desmentir lo que decían.

Desde marzo de 2016, la PBA emitió gran cantidad de deuda a un ritmo mayor que el gobierno nacional y por eso fue noticia en medios internacionales.


En nuestro país recién fue tapa de Página/12 hace quince días con una nota de Zaiat. Antes la deuda era mayormente en pesos, ahora lo es en dólares, cuando la provincia recauda en pesos, por los tributos provinciales o por lo que recibe del gobierno nacional. Hasta esa nota no había aparecido una mirada sobre cómo es efectivamente la administración de Vidal ni se había tratado de hacer una comparación analítica con el gobierno anterior. Estos documentos internacionales aparecen y desaparecen de la página en Internet de un gobierno que prometía ser el más transparente. No presentan los datos.


En marzo de 2016 firmaron una serie de documentos internacionales vinculados con la emisión de deuda, en donde se expresaba que las finanzas de la provincia eran sustentables y que además habían ido mejorando a lo largo del tiempo. Mostraban el desendeudamiento que nosotros habíamos hecho, cómo las reformas tributarias de la provincia habían permitido tener mayor autonomía y habían hecho crecer la participación de los recursos de administración propia respecto de los recursos de la administración nacional. Esto era en inglés y para afuera, porque para adentro decían otra cosa.


Entonces, o bien les mintieron a los inversores internacionales, lo cual puede ser automáticamente demanda de entrada en default de la provincia, o bien nos estuvieron mintiendo a nosotros. Evidentemente la provincia no entró en default ni hubo demanda internacional por haber emitido documentos legales mentirosos. Es cierto que la PBA tiene una dificultad enorme en materia de recursos, algo que se relaciona con el nacimiento de nuestro federalismo.


La limitación a la autonomía de las provincias se ve en la recaudación del gobierno nacional y cuánto transfiere a las provincias. Desde 1996 hasta 2015 es la única jurisdicción a nivel subnacional que perdió participación relativa en la renta federal: en algún momento recibía el 26% de los recursos, al año siguiente el 25,5, luego el 24 y así sucesivamente hasta que llegó al año 2015 recibiendo 18,5% de los recursos, mientras que el resto de las provincias recibía más.


Eso hacía y hace que sea mucho más difícil ponerse de acuerdo con el resto. En proporción, fue bajando la participación relativa. Pero en 2016 se dio un acuerdo totalmente ilegítimo: les sacaron a los jubilados de todo el país para dárselo a la PBA, que pasó a recibir casi el 24% de la renta federal poniéndola en una situación mucho mejor que antes. Esto no quiere decir que nosotros no hayamos discutido la coparticipación federal, porque todos los indicadores dan cuenta de que la PBA es el 40% del país y estábamos recibiendo el 18%. Había diálogo y discusión con el gobierno nacional. De hecho, en algún momento también hubo un intercambio epistolar a través de los diarios con notas de Julián Domínguez y mías. La realidad es que nunca se nos hubiera ocurrido llevar el tema a la Justicia como lo hizo Vidal, porque la PBA tiene que ser la aportante neta en el sistema también por ser el 40%. Tiene la obligación de aprovechar su base tributaria.


El planteo original de Vidal fue: “si yo aporto 40, quiero recibir 40”. Eso es llevarnos al caos y al colapso, acabar con el federalismo. Un país federal no es lo mismo que una federación de autonomías. Un país federal se construye con igualdad de oportunidades en todo el territorio. Y si hay provincias que tienen que aportar más, estas son Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe.


Nunca se nos hubiera ocurrido dar esa batalla legal como lo hizo Vidal, aunque el 18% fuera muy poco. No va en el espíritu de nadie que crea en serio en la construcción de un país federal. Los cuatro años que me tocó administrar la provincia fueron los de menores recursos recibidos del gobierno nacional.

¿Esa caída al 18,5% fue a criterio discrecional del Poder Ejecutivo?

La PBA tenía que recibir en realidad el 21%, después vino el famoso Fondo del Conurbano, que era el 10% del impuesto a las ganancias. En 1996, se cambia la redacción y se pone: “el 10% del impuesto a las ganancias o 650 millones de pesos”, que en ese entonces eran dólares. Cuando el impuesto a las ganancias era menor a esa cifra, la PBA igualmente recibía los 650 millones de pesos. Pero cuando empezó a superar ese monto, se estableció que el resto se repartiera entre las otras provincias por un coeficiente de pobreza, excluyendo a la PBA.
Con la inflación que tenemos, el Fondo del Conurbano pasó a ser de 20 mil millones de pesos. De esa cifra, la PBA solo seguía recibiendo 650 millones. Ahí viene el acuerdo de 2016, totalmente ilegítimo: le sacan a los jubilados de todo el país y la Provincia vuelve a tener el 24% del total de la coparticipación.

En el marco de las elecciones de 2015, hablando en criollo, ¿es verdad que desde el Poder Ejecutivo no les tiraban un mango?

La provincia recibe recursos de fuentes automáticas, como la coparticipación, y de fuentes no automáticas. Los cuatro años que estuve a cargo del Ministerio de Economía de la PBA fueron los años desde 2004 en que la provincia recibió menos fondos por el total de las fuentes.


Este 2019 va a ser el año donde la provincia tenga la mayor cantidad de recursos transferidos del gobierno nacional desde 2004 y, aun así, es un desastre: no supo generar empleo, ni una economía estable o pujante. La PBA es la que más ha destruido puestos de trabajo en el sector privado registrado. Todos los recursos que el gobierno nacional le envió, quitándoselos a los jubilados del resto del país, la provincia los dilapidó.

¿Lavagna es candidato del establishment?

Una nota periodística sobre Lavagna retoma el chiste del ego de los argentinos, que incluso había hecho el papa.

Querés la alfombra roja cuando ni siquiera medís diez puntos. La verdad es que me parece impresionante, muy llamativo. Incluso, resulta ingenuo pretender ser hoy el candidato del consenso de la oposición. Pero sí es cierto que una vez que Lavagna sale, todo el Círculo Rojo se empieza a entusiasmar.


Porque ven que Macri puede perder y ellos necesitan seguir teniendo un candidato que sostenga esta huida o transferencia de recursos de la clase media al 5% de la población. Cuando Macri dice en la apertura de sesiones del Congreso que “estamos mejor que en el 2015”…, y sí, su clase social está mejor. Hay un 5 o un 10% de la población que está mucho mejor que en 2015. Combatir la desigualdad no es una meta social en la Argentina, como sí lo es en los países escandinavos, por ejemplo. Entonces, al no ser una meta social, que a la clase media le metan la mano en el bolsillo, la inflación, el tarifazo, las paritarias por debajo de la inflación, no nos moviliza como sociedad. El individualismo hace que hayamos perdido la conexión con el otro, la conexión social.

¿Cristina es la mejor candidata contra Macri?

Sí. No solamente es la mejor candidata, sino la mejor presidente que vamos a tener.

Entrevista: Guillermo Levy, Hugo Lewin e Inés Nercesian.